Purina siguió a 48 perros de la misma raza desde los dos meses hasta que se murieron. La mitad comió un 25 % menos que su hermano de camada. La diferencia terminó siendo casi dos años de vida.
Casi todo lo que se dice sobre cómo alimentar a un perro es opinión o costumbre de casa. Probarlo implica mirar a los mismos animales hasta el final, y eso lleva más de una década. Purina lo hizo una vez, y el trabajo se publicó en 2002 en el Journal of the American Veterinary Medical Association.
El diseño es tan simple que casi molesta. Cuarenta y ocho labradores retriever de siete camadas, emparejados de a dos por sexo y por peso dentro de cada camada. A cada pareja se la partió al medio: uno comía a voluntad; el otro, el 75 % de lo que su compañero había comido el día anterior. Arrancaron a las ocho semanas de vida y siguieron así hasta morir.
El alimento era el mismo para los dos grupos. Misma fórmula, mismo plato. Lo único distinto era cuánto había adentro.
Los perros que comieron menos vivieron una mediana de 13 años. Los que comieron a voluntad, 11,2. La mediana es la edad a la que ya se había muerto la mitad del grupo, así que la diferencia —1,8 años, alrededor de un 15 %— no es la excepción del perro más longevo: es el centro de la distribución corrido casi dos años hacia adelante.
Y acá va el matiz que el propio trabajo aclara, y que conviene no saltear: el techo no se movió. La vida máxima —la edad a la que ya se había muerto el 90 % del grupo— fue de 12,9 años contra 14,0, y esa diferencia no alcanzó significación estadística. Comer menos no fabricó perros extraordinarios: corrió hacia adelante al perro promedio.
Lo que sí cambió, y mucho, fue el cuerpo. Los perros restringidos pesaron en promedio un 26 % menos. Entre los 6 y los 12 años, la grasa corporal media de los que comían a voluntad fue del 29,9 %; la de los otros, del 16,8 %. En la escala de condición corporal —la que va de 1 a 9, la de la nota que sigue— el grupo restringido promedió 4,6 y el control, 6,7. La masa magra, que es lo que sostiene el movimiento cuando el animal ya está viejo, empezó a caer después de los 9 años en un grupo y recién después de los 11 en el otro.
El dato que a un dueño de perro grande le va a doler más está en la artrosis. Cuarenta y tres de los cuarenta y ocho perros la desarrollaron: no es una enfermedad de algunos, es lo que le pasa a un labrador que vive lo suficiente. Lo que cambió fue cuándo. La edad a la que la mitad de cada grupo todavía no requería tratamiento prolongado por artrosis fue de 10,3 años entre los que comían a voluntad y de 13,3 entre los restringidos: tres años. Con cualquier enfermedad crónica pasó lo mismo, con menos margen: 9,9 contra 12,0.
Ahí está la conclusión honesta del trabajo, y no es la que uno esperaría: comer menos no evitó que los perros se enfermaran. Se enfermaron de lo mismo. Lo que se movió fue el calendario.
Los autores cierran con una recomendación de una sola línea: que, a los efectos de la salud y la longevidad, los perros se alimenten de modo de mantener una condición corporal menor a 5. No dice una marca ni una fórmula. Dice un número que se mide con las manos.
Antes de sacar la calculadora conviene anotar los límites, que el estudio no esconde: fueron cuarenta y ocho perros de una sola raza, en una colonia y con control veterinario permanente. Y el «25 % menos» no es una receta trasladable, porque se medía contra lo que había comido el hermano el día anterior y no contra una tabla. La lectura correcta es más aburrida y más útil: entre dos perros iguales, el que se mantuvo flaco llegó más lejos. Y lo flaco no se decide en la góndola: se decide en el pocillo con el que servís todos los días.
Fuente: Kealy y col., «Effects of diet restriction on life span and age-related changes in dogs», J Am Vet Med Assoc 2002;220:1315-1320.